lunes 16 de noviembre de 2009

No sé quién es Confucio

Mientras escribo estas líneas están presentando por la tele el reinado de belleza. Dicen buscar allí la belleza colombiana. De entrada, la definición de colombianidad genera quebraderos de cabeza; sino ¿cómo le dices a un Wayüu colombiano, por ejemplo, que esta parte del desierto es de él, y que aquella otra es de Venezuela? ¿Que lo que ocurre es que hay una línea invisible, llamada frontera, que le impide el paso, que decide el cielo, que cercena la arena?

No me gusta el reinado. Me causa cierta ironía que sea precisamente un reinado lo que se organice para celebrar la independencia de Cartagena del reino español. Eso, sumado a los eufemismos reales (no se dice culo, sino derrierre, ni tampoco tetas, sino busto) acaban por sacarme de casillas.

Por supuesto, mi descontento no es con las reinas: unas chicas preciosas, seguramente encantadoras y -al parecer- muy estudiosas. Es con toda la parafernalia anual de los noticieros, los escándalos, las exigencias para con unas mujeres que no tienen por qué ir a demostrar nada a ninguna parte, mucho menos a gente que no las conoce de verdad, mientras nosotros observamos impávidos y juzgamos cual Torquemada sus cuerpos y sus palabras.

Hace poco vi, con asombro, el video de una reina de algún reinado en Panamá quien, ante una pregunta sobre Confucio, contestó una sarta de barbaridades. Reímos sobre lo irónico, aplaudimos lo evidente: ella no tiene por qué saber quién es Confucio; de hecho, creo que son pocas las personas que saben algo sobre ese señor. Yo sólo sé que es chino y era filósofo, no más, soy tan ignorante como ella, como muchos, quizá la diferencia estribe en quién tiene el valor para reconocerlo.

Pronto dirán el nombre de la ganadora. Será la más bella hasta el próximo año, porque parece que la belleza tiene sucesora.


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miércoles 11 de noviembre de 2009

Vista al cuento, segunda edición


Otro cuento que me publican en una antología. Quien no tenga plan para el viernes, que se pegue una pasada por ese lugar, al que no iré por cuestiones laborales. Si alguien desea comprar el libro me escribe: prometo venderlo lo más barato posible, ya que lo único que deseo es que otros lo tengan y, de paso, seguro encontrarán buenos relatos.

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sábado 7 de noviembre de 2009

La persistencia del pesimismo

Nací el siete de noviembre de mil novecientos ochenta y cinco, un día después del inicio del Holocausto del Palacio de Justicia y seis días antes de la tragedia de Armero. En medio de aquellos aciagos días mi madre, presa de delirios producto de una especie de psicosis post-parto, imaginó que yo había nacido para ver cómo el mundo se acababa en pocos días ante mis ojos.

Casi todos los años me cuenta esta historia, a lo que yo no hago sino reírme con esa risa incómoda que nos sale cuando un chiste no tiene gracia. Quizá sea ese relato, los vaticinios de mi madre o hasta la objetiva realidad de este mundo que se cae a pedazos: lo cierto es que pocas veces veo la vida con buenos ojos y sospecho hasta de las buenas intenciones que pueda tener un ángel, si apareciera uno.

De niño, la primera cosa donde fue a dar todo mi pesimismo fue a Dios, más como unas ganas muy viscerales de renegar contra un posible mundo feliz que un verdadero acto de raciocinio. Así que maldije curas, pastores y monjas, y leí desde esoterismo light hasta libros de magia negra; todo para convencerme de que Dios seguía consumiendo gran parte de mi tiempo. Cuando me dí cuenta de eso fue que dejé de pensar en esos temas: me percaté de lo evidente que era la inexistencia de Dios y la ineficiencia de la magia, dediqué mi vida a otros asuntos y no medito sobre ese tipo de temas tan conflictivos.

Mi pesimismo, lejos de desaparecer, se desplazó hacia los hombres: la culpa de todo es de los demás. Si la ciudad está como está es por sus habitantes. Si no consigo trabajo es por las hijueputas roscas que controlan el empleo. Si no me va bien en clases es porque el profesor me la tiene montada. Lo bueno de esta situación es que duró poco: tales juicios absurdos eran como para caerse a patadas. Al final sólo logré desarrollar una hiper-tolerancia/respeto por casi cualquier cosa: si te gusta X música, tienes Y forma de pensar, vez Q programa de televisión o admiras a Z personaje, pues ese es tu problema y a mí no me vengas a joder.

Al final, todo el pesimismo regresó a su lugar original: yo. Desconfío de mí. Cualquier halago o gesto de aprobación por parte de otra persona no es bienvenido de entrada. No lo creo. Mienten. Todos mienten. El único alivio es que la sensación no dura mucho y mi desconfianza pasa inadvertida para los demás.

Esa es parte de mi vida, la cual decidí contar de alguna forma. En cada historia o fragmento de historia que escribo evito los finales felices, las alegrías inesperadas o las muertes serenas, todo para dejar una marca de lo mal que pueden llegar a ponerse las cosas. No creo que lo haga bien, pero lo intento: al fin y al cabo, la gente baila sin pretender ser bailarina, canta sin desear ser cantante o juega fútbol sin anhelar la fama. Yo escribo sin ser escritor.

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miércoles 4 de noviembre de 2009

Cuentos y cuentos

Me invitaron a un encuentro de escritores jóvenes y -pese a lo incómodo que podía sentirme delante del público- asistí. De entrada, el uso del término escritor joven es difícil porque un escritor adquiere cierto renombre luego de los treinta años cuando ya ha escrito mucho y errando más. Salvo Rimbaud o más recientemente el chino Guo Jinming, no conozco casos de escritores reconocidos antes de los treinta. Caicedo no cuenta: fue su muerte la que lo catapultó a la fama.

Compartí la mesa con Aníbal (el moderador) Carlos Polo y Jhon Better, personas a quienes o bien conozco, o he leído. Tienen libros que se distribuyen nacionalmente y con frecuencia publican cuentos, entrevistas o notas en diarios y revistas. Yo sólo he publicado tres cuentos en una antología (creo que pronto saldrá otra) y algunos escritos en revistas, por lo que hallarme en franca desventaja me daba cierta seguridad respecto a lo que fuese a decir.

Me preguntaron, entre otras cosas, qué debe hacer un escritor para escribir. Pues yo no sé, pensé, aunque dije otras cosas relacionadas con el montón de decálogos y recetas que han elaborados los escritores gringos y latinoamericanos sobre cómo escribir cuentos (los europeos no: ellos como que son muy sagaces para andar pregonando cómo es que hacen su trabajo). Como la idea me quedó dando vueltas hasta hoy dejo -a quien interese- algunas:

Decálogo del perfecto cuentista, de Horacio Quiroga.

Consejos para escribir
, de Antón Chéjov.

Dieciséis consejos, de Jorge Luis Borges.

Sobre el cuento, de Julio Cortázar.

Decálogo del escritor, de Augusto Monterroso.

La lista es muchísimo más extensa. Mi favorito, éste, la de Bolaño. Ojalá les gusten, así sea mejor no tomarse muy en serio tanta receta de gente muerta.

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domingo 1 de noviembre de 2009

Casa

Para cuando regresé, ya las cosas habían cambiado mucho. Aquella inmensa casa de paredes blancas se me figuraba ahora como lo que verdaderamente era, un cuchitril infecto en el que si acaso cabían algunos enseres. Las cucarachas cruzaban rápidamente de un lado a otro la habitación en la que me encontraba, buscando quizá un poco de comida, sin éxito. A este lugar sólo el tiempo parecía visitarlo.

Lo que más me sorprendió fue el patio: aquel naranjo marchito trajo a mi memoria el recuerdo de mi padre, el cual al ver que el naranjo crecía y crecía sin dar frutos decidió, una mañana, cortarlo; antes de pegarle el hachazo inicial notó qué, en lo alto, una naranja colgaba. Desde ese día el árbol empezó a dar frutos grandes y verdes con los que hacíamos limonada a diario, o al menos durante la temporada. Ahora sólo era un tronco seco, lleno de comején, con algunas ramas flacas que le dan un aspecto aún más fantasmagórico.

Me tumbé en una pila de hojas secas extrañamente acomodadas al lado del árbol. Me quité los zapatos, cerré los ojos y traté de no pensar. El calor, el hambre y las hormigas me obligaban constantemente a moverme. Sentía en mi estómago un vapor caliente que se agitaba y se expandía segundo a segundo: era como si me hubiera tragado a drede todo el humo de un bus y apenas ahora estuviera digiriéndolo. Me retorcí una y otra vez hasta encontrar acomodo con una especie de posición fetal en la que mis brazos no atenazan las piernas, sino que agarran la nuca con violencia.

Era un estado deplorable, lo sabía, pero para mí era la expresión máxima de dignidad: no deberle nada a nadie.

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domingo 25 de octubre de 2009

Puertas

Una puerta. Abrimos y cerramos decenas de puertas a diario. Sólo cuando las desconocemos nos preguntamos qué no espera al otro lado. Las puertas extrañas -como la muerte- nos llenan de incertidumbre.


Hay puertas que no queremos abrir, hay otras que no debemos abrir. Con otras más, acaso, nunca podremos abrirlas.

Pero ya, seré concreto. Hay hijueputas que hacen todo lo posible para que no puedas abrirlas.

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domingo 18 de octubre de 2009

Oscilaciones


Mientras conversábamos, sentados en el viejo mueble de la recepción del hotel, ella me mostró esa foto. De Bill Brandt -dijo- mientras pasaba de sus piernas a mis piernas el computador portátil para que yo pudiese observar mejor el retrato.

Es muy sutil -continuó- y triste. Parece tomada segundos después de que la chica, luego de un arduo discernimiento, decidiera dar su amor a uno de los dos hombres a su lado. Mira el rostro del otro, está devastado, le duele, y tiene que tragarse la escena de amor con vino y cigarros.

Desde esa ocasión, hace más de un año, aquella foto ha estado presente en mi cabeza con mayor o menor intensidad, según el caso. Tal intensidad de la imagen en mi pensamiento depende de qué tanto me identifique con la tristeza y la desolación del hombre del cigarrillo, o con el éxtasis del tipo del beso.

(en ella pienso poco. La recordaría menos si no fuese por la foto)

En eso se nos va la vida. No son los cumpleaños, el Año Nuevo o el logro de ciertas metas lo que nos hace mayores, sino las oscilaciones entre amores y odios, alegrías y tristezas, o -como la canción- entre el espanto y la ternura. El tiempo y el olvido son los encargados de matizar el dolor, de hacernos remembrar el pasado de un modo más feliz de lo que realmente fue. Creo que fue Wilde quien dijo que las penas de amor no rompen el corazón: lo endurecen.

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